CAPITULO II

LA MEDITACION


Aquí, me dije, aquí se alzó en otro tiempo una ciudad opulenta; aquí existió un imperio poderoso. Sí, estos mismos lugares, ahora desiertos, una multitud de vivientes los animaba en otros días; un gentío inmenso circulaba entonces por estos mismos caminos hoy tan tristes y solitarios. En estos muros, donde reina un silencio tan tétrico, habrá resonado el eco de las artes y los gritos alegres de las festividades públicas; estos mármoles amontonados, formaban sólidos palacios; estas columnas caídas, adornaban la majestad de los templos; estas galerías destruidas, rodeaban las plazas públicas. Aquí concurría un pueblo numeroso a llenar los deberes respetable de su culto y a atender a los cuidados importantes de su subsistencia. Allí una industria creadora de las comodidades, atraía las riquezas de todos los climas y se veían cambiar la púrpura de Tiro por el precioso hilo de la Siria <3>, los tejidos delicados de Cachemira <4>; por los tapices fastuosos de la Lidia, el ámbar del Báltico por las perlas y los perfumes árabes, y el oro de Ofir por el estaño de Tule.

Pero ahora, he aquí lo que resta de una ciudad tan poderosa, ¡un lúgubre esqueleto!. He aquí lo que queda de una vasta dominación, ¡un recuerdo confuso y vago!. Al concurso estrepitoso que se reunía bajo estos pórticos, ha sucedido la soledad de la muerte. El silencio de las tumbas reemplaza ahora el bullicio de las plazas públicas. La opulencia de una ciudad mercantil, se ha cambiado en una miseria horrorosa. Los palacios de los reyes, se han convertido en guaridas de fieras; los ganados, se acogen en el umbral de los templos y los reptiles inmundos habitan los santuarios de los Dioses... ¡Ah! ¡cómo se ha eclipsado tanta gloria!... ¡Cómo se han perdido tantos afanes!... ¡Así perecen las obras de los hombres! ¡Así sucumben los imperios y las naciones!.

Y la historia de los tiempos pasados representándose al vivo en mi mente, me recordó aquellos siglos antiguos en que veinte pueblos famosos existían en estos parajes: me figuré al Asirio en las riberas del Tigris: al Caldeo en las del Eufrates y al Persa reinando desde el Indo al Mediterráneo. Conté los reinos de Damasco, de Indumea, de Jerusalén, de Samaria, los estados belicosos de los Filisteos y las repúblicas comerciales de la Fenicia. Esta Siria, decía yo, hoy día casi despoblada, contaba entonces con cien ciudades poderosas. Sus campos estaban cubiertos de villas, lugares y aldeas <5>. Por todas partes veíanse tierras cultivadas, caminos concurridos y habitantes diligentes. ¡Ah! ¿dónde están esas épocas de abundancia y de vida? ¿Cuál es la suerte de esas brillantes creaciones de la mano del hombre? ¿Dónde existen aquellos baluartes de Nínive, aquellos muros de Babilonia, aquellos palacios de Persépolis, aquellos templos de Balbek y de Jerusalén? ¿Dónde están las flotas de Tiro, los astilleros de Arad, los talleres de Sidón y aquella multitud de marineros, de pilotos, de mercaderes y soldados? Y aquellos labradores, y aquellas cosechas, y aquellos rebaños, y toda aquella creación inmensa de seres animados, de que se envanecía la superficie de la tierra, ¿dónde están?... ¡Ah! ¡Yo he recorrido esta tierra devastada!... Yo he visitado los lugares que fueron el teatro de tantas grandezas y sólo he visto en ellos desolación y soledad... He buscado los antiguos pueblos y sus obras magníficas y sólo he visto rastros parecidos a los que deja el pie del caminante sobre el polvo movedizo: los templos cayeron, los palacios se desmoronaron, los puertos desaparecieron los pueblos no existen, y la tierra, desnuda de habitantes, no es más que un espacio desolado cubierto de sepulcros... ¡Gran Dios! ¿De dónde vienen tan funestos trastornos? ¿Por qué causas se ha mudado tanto la suerte de estas regiones? ¿Por qué han desaparecido tantas ciudades? ¿Por qué no se ha reproducido y conservado su antigua e inmensa población?

Así, entregado a mis meditaciones, se presentaban incesantemente a mi espíritu pensamientos nuevos. Todo, continuaba yo, extravía mi raciocinio y aflige mi corazón con turbaciones e incertidumbres. Cuando estas comarcas disfrutaban de lo que constituye la gloria y la felicidad de los hombres, eran pueblos infieles los que las habitaban; eran los Fenicios, sacrificadores homicidas de Molok, que reunían en estos muros las riquezas de todos los climas; eran los Caldeos, posternados delante de una serpiente <6>, que subyugaban ciudades opulentas y despojaban los palacios de los reyes y los templos de los dioses; eran los Persas, adoradores del fuego, que recogían los tributos de cien naciones; eran los habitantes de esta misma ciudad adoradores del sol y de los astros, los que elevaban tantos monumentos de prosperidad y de lujo... Ganados numerosos, campos fértiles, cosechas abundantes; todo cuanto debiera ser el precio justo de la piedad, se hallaba en poder de estos idólatras; y ahora que los pueblos creyentes y santos ocupan estos sitios, todo se ha convertido en desierto y esterilidad. La tierra sólo produce abrojos y espinas bajo estas manos benditas. El hombre siembra con afanes, y sólo cosecha inquietudes y lágrimas; la guerra, el hambre y la peste, le acometen por todas partes. Y sin embargo, ¿no son éstos los hijos de los profetas? Este Musulmán, este Cristiano, este Judío, no son por ventura los pueblos elegidos del cielo, colmados de gracias y milagros? ¿Por qué, pues, no gozan de los mismos favores estas castas privilegiadas? ¿Por qué estas tierras, santificadas con la sangre de los mártires, se ven ahora privadas de los beneficios precedentes? ¿Por qué han sido expelidos y como transportados a otras naciones y a otros países, tantos siglos hace?

Y al hacerme estas consideraciones, siguiendo mi espíritu el curso de las viscisitudes que han transmitido alternativamente el cetro del mundo a pueblos tan diversos en cultos y costumbres, desde los del Asia antigua hasta los más modernos de Europa, este nombre de tierra natal despertó en mí el sentimiento de la patria; y volviendo mis ojos hacia ella, fijé todas mis ideas en la situación en que la había dejado <7>.

Me acordé de sus campos tan pródigamente cultivados, de sus caminos tan suntuosamente construidos, de sus ciudades habitadas por un inmenso pueblo, de sus escuadras por todos los mares, de sus puertos cubiertos de los tributos de una y otra India; y comparando con la extensión de su comercio, con la actividad de su navegación, con la riqueza de sus monumenos, con las artes y la industria de sus habitantes, todo lo que el Egipto y la Siria pudieron poseer en otro tiempo, me complacía en encontrar el esplendor pasado del Asia en la Europa moderna; pero muy pronto se vio disipado el placer sentido ante el último término de mis comparaciones. Reflexionando cuál había sido en otros tiempos la actividad de los lugares que yo contemplaba, ¿quién sabe, dije, si no será también igual dentro de algunos años el abandono de nuestras comarcas? ¿Quién sabe si a las orillas del Sena, del Támesis y del Zwiderzee, donde actualmente no bastan el corazón y los ojos para sentir y ver el torbellino de tantos placeres; quién sabe, digo, si un viajero como yo no se sentará algún día sobre las ruinas silenciosas y llorará solitario sobre las cenizas de esos pueblos y la memoria de su presente grandeza?

A estas palabras se inundaron mis ojos de lágrimas; y cubriendo mi cabeza con el extremo de mi capa, me entregué a meditaciones tristes sobre las cosas humanas. ¡Ah! ¡desgraciado del hombre!, exclamé con profundo dolor. Una fatalidad ciega se burla de su suerte, una necesidad funesta rige a la ventura el destino de los mortales. Pero, no, no; son los decretos que se cumplen de una justicia divina; un Dios misterioso ejerce sus juicios incomprensibles. Sin duda él mismo ha lanzado contra esta tierra un anatema secreto; en venganza de las generaciones pasadas, ha descargado su maldición terrible sobre las generaciones presentes. ¡Oh! ¿quién se atreverá a escudriñar los arcanos del Altísimo? <8>.

Y en esta situación me quedé inmóvil y absorto, abismado en profundísima melancolía.

 

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