CAPITULO III

EL FANTASMA


De pronto hirió mis oídos un ruido semejante al del movimiento de un ropaje flotante y de una marcha pausada sobre hierbas secas. Inquieto, levanté mi capa y mirando a todas partes con espanto, creí distinguir sobre mi izquierda, en la confusión del claroscuro de la luna y por entre las columnas y ruinas de un templo inmediato, un fantasma blanquecino, envuelto en un grandioso manto y semejante a los espectros que se representan saliendo de las tumbas. Temblé de horror y mientras mi alma vacilaba entre el deseo de huir y el de saber lo que aquéllo era, los graves acentos de una voz profunda me hicieron oir este discurso:

"¿Hasta cuando importunará el hombre a los Cielos con sus injustas quejas? ¿Hasta cuando, por medio de sus clamores vanos, acusará a la suerte de ser la causa de sus infortunios? ¿Estarán siempre sus ojos cerrados a la luz y su corazón a las impresiones de la verdad y la justicia? Por todas partes se presenta a su vista la verdad luminosa y no quiere distinguirla; el grito de la razón hiere sus oídos y obstinado no le escucha. ¡Hombre injusto!, si puedes por un instante suspender la ilusión que fascina tus sentidos, si tu corazón es capaz de comprender el idioma del raciocinio, interroga esas ruinas, lee en ellas las lecciones que te presentan. Y vosotros, testigos de veinte siglos diversos, templos santos, sepulcros venerados, muros antes gloriosos, compareced ante el tribunal de la naturaleza misma; venid al juicio de un entendimiento recto a deponer contra una acusación injusta: venid a confundir las declamaciones de una falsa sabiduría o de una piedad hipócrita y vengad a los cielos y a la tierra del hombre que los calumnia.

¿Quién es esa ciega fatalidad que sin regla y sin leyes se burla de la suerte de los mortales? ¿Quién esa necesidad injusta que confunde el éxito de las acciones, el de la prudencia y el de la locura? ¿Qué vienen a ser esos anatemas celestiales lanzados sobre estas regiones? ¿Dónde está esa maldición divina que perpetúa la desolación de estos campos? ¡Hablad, monumentos de los tiempos pasados!, ¿han variados acaso los cielos sus leyes, o la tierra el curso de sus operaciones? ¿El sol ha extinguido, por ventura, los fuegos que vivifican el orbe? ¿Los mares no elevan del mismo modo las nubes? ¿Las lluvias y los rocíos se quedan por ventura detenidos en el aire? ¿Las montañas retienen sus manantiales? ¿Los riachuelos no siguen su curso? ¿Y las plantas están privadas de semillas y de frutos? ¡Responded, raza de mentira y de iniquidad! ¿ha turbado Dios aquel orden primitivo y constante que designó él mismo a la naturaleza? ¿Ha negado el cielo a la tierra, o la tierra a sus habitantes, los bienes que antes le concedieran? Si nada ha variado en la creación, si los mismos medios que existieron siempre subsisten todavía, ¿en qué consiste que las generaciones presentes no son lo que las antiguas fueron? ¡Ah! ¡Cuán injustamente acusáis a la suerte y a la divinidad! Es una sinrazón atribuir a Dios la causa de vuestros infortunios. ¡Decid, raza perversa e hipócrita, si estos lugares están desolados y si estas ciudades poderosas se han convertido en soledades, es acaso Dios el que ha motivado su ruina? ¿Es su mano la que ha destruido estas murallas, derribado estos templos y mutilado estas columnas, o bien es la mano del hombre? ¿Es el brazo de Dios el que ha llevado el acero a los pueblos, el fuego a los campos, el que ha asesinado al pueblo, incendiado las mieses, arrancado los árboles y talado los campos, o es el brazo del hombre furibundo?... Cuando después de la devastación de las cosechas ha sobrevenido el hambre, ¿es la venganza de Dios la que la ha producido o el furor insensato de los hombres? Cuando al sentir hambre se ha mantenido el pueblo con alimentos inmundos, si la peste se ha desarrollado, ¿es la cólera de Dios la que la envió o la imprudencia del hombre? Cuando la guerra, el hambre y la peste han arrebatado los habitantes, si la tierra ha quedado desierta, ¿es Dios también el que la ha despoblado? ¿Es su codicia la que roba al labrador, desola la tierra productiva y aniquila sus frutos, o la codicia de los que gobiernan? ¿Es su orgullo el que suscita las guerras homicidas, o el orgullo de sus reyes y de sus ministros? ¿Es la vanidad de sus resoluciones la que trastorna la suerte de las familias, o la corrupción de las leyes? ¿Son, en rin, sus pasiones las que bajo mil formas diversas atormentan a los individuos y a los pueblos, o son las pasiones de los mismos hombres? Y si en las angustias de sus males no encuentran éstos los remedios, ¿es la ignorancia de Dios la responsable o la suya? Cesad, pues, oh mortales, de acusar a la fatalidad del destino y a los juicios de la Divinidad. Si Dios es bueno, ¿podrá ser el autor de vuestro suplicio? Si es justo, ¿será cómplice de vuestras iniquidades? No, no; la fatalidad de que el hombre se queja, no es la fatalidad del destino; la oscuridad en que su razón se extravía, no es la oscuridad de Dios; el origen de sus calamidades no está en los cielos; está muy cerca de él, está sobre la tierra; no se oculta en el seno de la Divinidad, sino que reside en el hombre mismo y lo lleva en su propio corazón.

Tú murmuras, y dices: ¿cómo es posible que pueblos infieles hayan gozado de los beneficios de los cielos y de la tierra? ¿Y cómo lo es que unas generaciones santas sean menos felices que los pueblos impíos? ¡Hombre obcecado! ¿dónde está la contradicción que te escandaliza? ¿dónde el enigma que atribuyes a la justicia de los cielos? Yo te entrego a ti mismo la balanza del premio y del castigo, de las causas y de los efectos. Dime: cuando estos infieles observaban las leyes del cielo y de la tierra; cuando ellos arreglaban sus labores oportunamente según el orden de las estaciones y el curso de los astros, ¿debía Dios trastornar el equilibrio del mundo para burlarse de su cuerdo y prudente proceder? Cuando sus manos cultivaban estos campos con esmero y fatigas, ¿debía negarles las lluvias y el rocío fecundante y hacer crecer en ellos sólo espinas? Cuando, para fertilizar este árido suelo, su industria construía acueductos, formaba canales y traía, atravesando los desiertos, las aguas más distantes, ¿debía secar las fuentes de las montañas? ¿Debía arrancar las mieses que el arte hacía nacer, devastar los campos que la paz poblaba, destruir las ciudades que el trabajo engrandecía y turbar, en fin, el orden establecido por la sabiduría del hombre? ¿Qué infidelidad es esa que fundó los imperios por la prudencia, los defendió por el valor, los afirmó por la justicia: que levantó ciudades poderosas, formó puertos profundos, desecó marismas pestilentes, cubrió la mar de naves, la tierra de habitantes; y semejante al espíritu creador esparció el movimiento y la vida sobre el mundo? Si tal es la impiedad, ¿qué será la verdadera creencia? ¿La santidad consiste acaso en destruir? El Dios que puebla el aire de aves, la tierra de animales, las ondas de reptiles; el Dios que anima la naturaleza entera, ¿es un Dios de sepulcros y de ruinas? ¿Fue la devastación por homenaje y por sacrificio los incendios? ¿Quiere recibir gemidos por himnos, homicidas por adoradores y por templo un mundo desierto y asolado? ¡He aquí, sin embargo, razas santas y fieles, cuáles son vuestras obras; he aquí los frutos de vuestra decantada piedad! Vosotros habéis asesinado los pueblos, quemado las ciudades, destruido las mieses, convertido la tierra en soledad, ¡y pedís ahora el premio de vuestras obras! ¡Será preciso sin duda ofreceros milagros! ¡forzoso resucitar los labradores que habéis degollado, levantar los muros que habéis destruido, reproducir las mieses que habéis asolado, reunir las aguas que habéis esparcido, y contrariar, en fin, todas las leyes de los cielos y la tierra, leyes establecidas por Dios mismo para demostración de su magnificencia y de su grandeza! Leyes eternas anteriores a todos los códigos y a todos los profetas; leyes inmutables que no pueden alterar ni las pasiones ni la ignorancia del hombre; pero la pasión que las desconoce, la ignorancia que no observa las causas, que no prevé los efectos, han dicho en la necedad de su corazón: Todo viene del acaso, una ciega fatalidad derrama el bien y el mal sobre la tierra, sin que la prudencia o el saber puedan estorbarlo. O bien adoptando un lenguaje hipócrita, han dicho: Todo viene de Dios, que se complace en engañar a la sabiduría, o en confundir a la razón; y la ignorancia entonces ha podido aplaudirse en su malignidad. Así, ha dicho ésta, yo me igualaré a la sabiduría que me ofende; yo haré inútil la prudencia que me importuna; y la codicia añade: Así, oprimiré yo al débil, devoraré el fruto de sus trabajos y podré decir: Dios es el que lo ha decretado, la suerte así lo ha querido. Mas yo juro por las leyes del cielo y de la tierra y por las que rigen el corazón humano, que el hipócrita no podrá lograr su iniquidad ni el justo su feroz intento. Antes cambiará el sol su curso que la necedad prevalezca sobre la inteligencia y el saber, y que la ceguedad pueda más que la prudencia en el arte delicado y profundo de proporcionar al hombre sus placeres verdaderos y de sentar su felicidad sobre sólidas bases".

 

 

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