NOTICIAS SOBRE LA VIDA Y LAS
OBRAS DEL CONDE DE VOLNEY


Constantino Francisco Chassebeuf, que más adelante tomó el nombre de Volney, nació en Craon el 3 de febrero de 1757, en la clase media, que ofrece más ancho campo a los accesos y a las ventajas de la ilustración.

El padre de Volney, abogado de mucho crédito a quien el nombre de Chassebeuf no le agradaba, dio a su hijo el de Boisgirais, que tampoco fue más que provisional.

A los dos años de edad, Volney perdió a su madre y quedó en poder de una antigua criada campesina y de una vieja parienta, consentido por la una y severamente tratado por la otra. Por entonces era ya de salud delicada y esta fatal circunstancia no le abandonó en toda su vida.

A los siete años entró en un colegio que tenía en Ancenis un cura bretón y bien pronto hizo notables progresos en sus estudios.

Era taciturno y meditabundo, ya por naturaleza, ya por consecuencia del abandono en que le tenía su padre, y esta última causa inspiró interés a un tío suyo materno, única persona de su familia que le visitaba con alguna frecuencia. Este tío decidió al padre de Volney a que trasladara a su hijo a un colegio de Angers, donde acabó brillantemente sus estudios. A los diecisiete años, su padre, que continuaba ocupándose poco de él, lo emancipó, le entregó los bienes de su madre que ascendían a mil cien libras de renta y le dejó en completa libertad.

Volney siempre solitario y taciturno, sin tomar parte en las distracciones propias de los jóvenes de su edad, se entregó primero al estudio de la medicina y después al de las lenguas orientales.

Hacia el año 1776 llegó a Paris donde perfeccionó sus estudios de linguística y de historia, y se dio a conocer con una memoria sobre la cronología de Herodoto, rompiendo una lanza con Larcher, como si quisiera seguir las huellas trazadas por el doctor Fréret.

En seguida fue presentado en la casa del barón de Holbach, conoció a Franklin, la sociedad de Madama Helvetius y todo esto influyó en él de tal modo que llegó a ser el discípulo, acaso más original de la mencionada escuela.

En 1781, heredó una fuerte suma, siete mil libras aproximadamente, y la mayor dificultad paa él fue que no supo qué hacer con ellas.

"Mis amigos", dice él, "me aconsejaban de distintos modos: los unos que gozara lo posible con aquella cantidad y los otros que procurara aumentar mi renta; pero yo eché mis cuentas y calculé que la suma era escasa para mejorar de un modo efectivo mi porvenir y crecida para disiparla en un momento. Felices circunstancias habían creado en mí desde la juventud la costumbre de estudiar; yo sentía placer, hasta pasión, por el estudio y concebí la idea de emplear aquella cantidad en satisfacer mis aficiones, abriendo más anchos horizontes a mi educación".

"Había leído y había oido decir que entre todos los medios de adornar el espíritu y de formar el raciocinio, ninguno mejor que los viajes. Proyecté uno; sólo me faltaba elegir el sitio y yo lo quería nuevo, o por lo menos, que tuviera atractivos".

Después de algunas dudas sobre la elección, se decidió por el Oriente, cuna de antiguas religiones, contribuyendo también a esta resolución algo de esa especie de curiosidad filosófica que le tenía como subyugado.

Volney hizo un viaje concienzudo, exacto, positivo y lo refirió con estilo propio y nuevo, aunque imperfecto. El Viaje por Egipto y Siria que apareció en 1787, le dio justo renombre.

Un viaje a Oriente era por entonces una cosa extraña y Volney se propuso ir con un palo en la mano por los mismos sitios que habían de recordar a Chateaubriand viajando como un hidalgo, a Byron como un gran señor y a Lamartine como un emir o como un príncipe.

Tenía a la sazón veinticinco años y dice; que antes de marchar quiso despedirse del tío que con cariño paternal le prodigó en Angers algunos cuidados durante su infancia, que a su lado durante algunos meses, se ejercitó en las marchas para irse acostumbrando a las fatigas que le esperaban y cuando se creyó bastante fuerte se puso en marcha a fines del año 1782.

Cuando salió de Angers, donde había pasado los primeros años de su estudiosa juventud, se detuvo un momento para contemplar aquellas techumbres pizarrosas que a lo lejos brillaban, y lloró.

Así fue; pero no es él quien lo dijo porque jamás hombre alguno, jamás viajero alguno, fue más sobrio y más discreto al referir sus propias impresiones.

En este momento solemne de la partida cambió el nombre de Boisgirais, que había llevado hasta entonces, por el de Volney, que iba a hacer célebre.

Cuando llegó a Oriente, después de descansar en Egipto, comprendió que nada adelantaría sin conocer el idioma y decidió encerrarse durante ocho meses en el monasterio de Mar-Hanna, en el Líbano, para aprender el árabe. Más adelante se reunió con un cheik beduino y se acostumbró a manejar la lanza y el caballo como un árabe del desierto. Descúbrese en su relato algo de lo que hizo personalmente, pero al contrario de lo que en casos semejantes han hecho otros escritores antes y después, Volney empleó en su obra un método de autor, más que de viajero.

En vez de referirnos sus jornadas, la forma en que empleaba el día y de obligarnos a seguirla paso a paso, nos ofrece el resultado de sus observaciones durante tres años.

"He desechado, como difuso y largo", dice él mismo, "el orden y el detalle de los itinerarios, así como las aventuras personales; aprecio las cosas en conjunto y en grandes cuadros que presenten los hechos y las ideas, porque siendo tan considerable la cantidad de libros que se produce, me parece justo economizar tiempo a los lectores".

No ha procurado rodear a su obra de ese encanto que tienen los relatos de los viajeros a quienes acompaña el lector durante su camino. No se encuentra en él nada de Montaigne. Volney rechaza esos atractivos; teme agregar a las cosas o a los hechos lo que no les corresponde y huye de presentar sus relatos en formas seductoras.

"Yo me he prohibido", dice, todo trabajo de imaginación, aunque no desconozco el efecto que la ilusión produce en muchos lectores; pero entiendo que los libros de viajes tienen más afinidad con la historia que con la novela. No presentaré los países que recorra más bellos que me lo hayan parecido, no retrataré a los hombres mejores o peores, sino como los haya visto, y creo que los presentaré tales como son porque no he recibido de ellos ni beneficios ni ultrajes".

No abusará del colorido ni prodigará el relato de las impresiones que dejen de conducir al fin capital de la obra; lejos de caer en estas exageraciones, se inclinará, tal vez con exceso, al extremo opuesto, aunque resulte árido.

La publicación de su viaje, en 1787, hizo célebre a Volney. Aunque por la forma no tenía este libro nada seductor, aunque rompió con las tradiciones que daban tono especial a los escritos de la época de Luis XVI, Volney encontró al público preparado, hasta cierto punto. Ya entonces el físico Laplace, el químico Lavoisier, el geómetra Monge y otros muchos, habían dado testimonios elocuentes de su genio, y Volney fue el viajero más estimado en esta nueva escuela sabia y positiva.

En el año siguiente, 1788, publicó un escrito de circunstancias titulado Consideraciones sobre la guerra de los turcos, demostrando que hablaba con conocimiento de causa y que no era su juicio del todo desfavorable a los proyectos de Catalina. En cuanto a las consecuencias de la guerra, opinaba que serían favorables a Rusia. La emperatriz como demostración de agradecimiento le envió por conducto de Grimm, una medalla de oro.

Más adelante, cuando Catalina se puso enfrente de Francia y al lado de la emigración de 1791, Volney devolvió la medalla con una carta dirigida a Grimm, carta que fue considerada como más pretenciosa que patriótica. La respuesta que obtuvo con el nombre de Grimm, pero que se atribuyó a Rivarol, fue una sátira amarga que desagradó mucho a Volney.

Su fama de ilustre viajero y la confianza que inspiraba a los hombres de letras, fueron las causas que le llevaron a los Estados Generales en 1789: fue elegido por sus compatriotas de Anjon, y las primeras palabras que pronunció fueron por la publicidad de las deliberaciones.

En la época en que se trataba de la venta de los bienes de la corona (en 1790) publicó un escrito breve sentando estos principios: "El poder de un estado está en razón de su población; ésta en razón de la abundancia; la abundancia en la razón de la actividad del cultivo, y éste en razón del interés personal y directo, es decir, del espíritu de propiedad. De donde se deduce que cuanto más se acerca el cultivador a la clase pasiva de mercenario, es menor su industria y su actividad, y al contrario cuanto más se acerca a la condición de propietario libre y rico, desenvuelve más fuerzas y aumenta los productos de sus campos y la riqueza general del estado".

El autor llega a esta consecuencia: que un estado es tanto más poderoso, cuanto el número de sus propietarios es más grande, es decir, cuanto más dividida está en él la propiedad.

Conducido a Córcega por un espíritu de observación, que no es dado sino a los hombres cuyas luces son muchas y variadas, de la primera ojeada vio lo que se podía hacer para perfeccionar la agricultura en aquel país; pero sapía que entre los pueblos dominados por prácticas rancias, no hay otra demostración, ni otro medio de persuadir que el ejemplo. Compró pues una hacienda considerable, y empezó a hacer experiencias sobre todos los cultivos que creía poder naturalizar en aquel clima; la caña de azúcar, el algodón, el añil, el café atestiguaron bien pronto el feliz ‘éxito de sus esfuerzos. Estos llamaron la atención del gobierno, y fue nombrado director de agricultura y comercio de la isla, en donde por falta de luces, todos los métodos nuevos eran tan difíciles de introducir.

No es posible apreciar los bienes que habrían debido esperarse de esta pacífica magistratura, pero se sabe que ni las luces, ni el celo, ni el valor de la perserverancia, podían faltar al que estaba revestido de ella: sobre ésto había dado las pruebas necesarias. Un sentimiento no menos respetable le hizo interrumpir el curso de sus tareas. Cuando sus conciudadanos de la bailía de Angers le nombraron diputado de la asamblea constituyente, hizo dimisión del empleo que tenía del gobierno, fundado en la máxima de que el mandatario de la nación no debe depender por un salario de los que la administran. Mas si por respeto a la independencia de sus funciones legislativas había renunciado a la plaza que ejercía en Córcega antes de su elección, no había por ésto renunciado a hacer bien a este país. Concluida la legislatura de la asamblea constituyente, este noble sentimiento le llevó de nuevo a Córcega, en donde llamado por los habitantes que ejercían en esta isla una grande influencia, y que invocaban el socorro de sus conocimientos, pasó na parte de los años 1792 y 1793.

A su vuelta publicó un escrito titulado Resumen del estado actual de Córcega. Fue un acto de valor: porque no era una exposición física, sino la exposición del estado político de una población dividida por muchos partidos, en que fermentaban odios inveterados. Volney reveló los abusos sin contemplaciones; solicitó el interés de Francia a favor de los corsos sin lisonjearlos, y denunció sin temor sus faltas y sus vicios: así el filósofo obtuvo el premio que debía esperar; fue acusao por aquéllos de hereje. Para probar que no era digno de esta calificación, publicó poco tiempo después una obrita titulada: La ley natural o principios físicos de la moral.

No tardó en ser el blanco de una inculpación mucho más peligrosa, y ésta, es necesario confesarlo, era merecida. Este filósofo, este digno ciudadano que en la primera asamblea nacional había colaborado con sus votos y sus talentos al establecimiento de un orden de cosas que no creía favorable a la felicidad de su patria, fue acusado de no amar sinceramente la libertad por la cual había combatido, es decir, de desaprobar la licencia. Una prisión de diez meses que no acabó sino después del 9 termidor, era na nueva tribulación reservada a su fortaleza.

La época en que recobró su libertad, fue aquélla en que el horror que habían inspirado sangrientos excesos hacía volver los espíritus hacia otros pensamientos.

Después de tantos crímenes y desgracias se pedían a las letras consuelos, y se trató de organizar la instrucción pública. Para ésto importaba primeramente asegurarse de los conocimientos de aquéllos a quienes se debía confiar la enseñanza. Pero los sistemas podían ser diferentes y era necesario establecer los mejores métodos y la unidad de las doctrinas. No bastaba examinar los maestros, era preciso formarlos y crearlos nuevos, y con esta mira se formó en en 1794, una escuela en que la calebridad de los profesores prometía nuevas luces a los hombres más instruidos. No era, como se ha dicho, comenzar el edificio por el techo, era crear arquitectos para dirigir todas las artes empeleadas en la construcción.

Cuanto más difícil era esta misión, tanto más era importante la elección de los profesores; pero Francia, acusada entonces de haberse abismado en la barbarie, contaba talentos superiores, ya en posesión del aprecio de Europa, y se puede decir, gracias a sus vigilias, que su glloria literaria estuvo también sostenida por conquistas. Sus nombres fueron designados por la opinión pública, y el de Volney se vio asociado a todo lo más ilustre que había en las ciencias y las letras.

Sin embargo, esta institución no llenó las esperanzas que se habían concebido, porque de los dos mil discípulos venidos de diversas partes de Francia, no todos estaban igualmente preparados para recibir estas altas lecciones; y porque no se había examinado bien hasta qué punto la teoría de la enseñanza puede estar preparada por la enseñanza misma.

Las lecciones de historia de Volney, que atraían un concurso inmenso de oyentes, llegaron a ser uno de los más bellos títulos de su gloria literaria. Obligado a interrumpirlas por la supresión de la escuela Normal, debía prometerse gozar en el retiro de la consideración que sus nuevas funciones acababan de añadir a su nombre; pero entristecido por el espectáculo que le presentaba su patria, sintió despertarse la pasión que en su juventud le había llevado al Africa y al Asia. La América civilizada atraía sus miradas. Todo allí era nuevo: el pueblo, la constitución, la tierra misma, objetos bien dignos de sus observaciones. Sin embargo, al embarcarse para este viaje, le agitaban sentimientos bien diferentes a los que en otro tiempo le habían acompañado a Turquía. Joven entonces, había partido alegre de un país en que reinaban la paz y la abundancia, para ir a viajar entre bárbaros; ahora, en edad madura, más entristecido por el espectáculo y la experiencia de la injusticia y la persecución, no iba, sin desconfianza, a pedir a un pueblo libre, asilo para un amigo sincero de la libertad que creía profanada.

El viajero había ido a buscar la paz más allá de los mares, y se vio expuesto a la agresión de un filósofo no menos célebre, el doctor Priestley. Aunque el asunto de esta discusión se reducía al examen de algunas opiniones especulativas que el escritor francés había anunciado en su obra titulada Las ruinas, el físico mostró en este ataque una violencia que no añade nada a la fuerza del raciocinio, y una dureza de expresiones que no se debía esperar de un sabio. Volney, tratado de ignorante y de Hotenote, supo conservar en su defensa todas las ventajas que le daban las faltas de su adversario. Respondió en inglés, y los compatriotas de Priestley no pudieron reconocer un francés en esta respuesta sino por su agudeza y por su urbanidad.

Mientras que Mr. de Volney se hallaba en América, se creó en Francia el cuerpo literario, que, bajo el nombre de Instituto, tomó en pocos años un lugar distinguido entre las sociedades sabias de Europa. Desde luego se inscribió el nombre de nuestro viajero, y éste adquirió nuevos títulos a los honores académicos que le habían sido dispensados en su ausencia, publicando las observaciones que había hecho en los Estados Unidos.

Estos títulos se multiplicaron con los trabajos históricos y filológicos del académico. El examen y jurisdicción de la cronología de Herodoto, numerosas y profundas investigaciones sobre la historia de los pueblos más antiguos han ocupado largo tiempo al sabio que había observado sus monumentos y sus huellas en los países que había recorrido. La experiencia que tenía de la utilidad de las lenguas orientales, le había hecho concebir un vivo deseo de extender el conocimiento de ellas, y para propagarlo había conocido la necesidad de hacerle menos difícil. Con esta mira concibió el proyecto de aplicar al estudio de los idiomas del Asia, una parte de las nociones gramaticales que hemos adquirido sobre las lenguas europeas. Sólo el que conoce las relaciones que ofrecen, de semejanza o conformidad, puede apreciar la posibilidad de este sistema; mas se puede decir que éste había recibido ya la aprobación menos equívoca, el más noble estímulo, por la inscripción del nombre de su autor en la lista de la sociedad sabia y ya ilustre, que el comercio inglés ha fundado en la península de la India.

Volney ha desenvuelto su sistema en tres obras (1), que prueban que la idea de unir naciones separadas por distancias inmensas y por tantos y tan diversos idiomas, no dejó de ocuparle en el espacio de veinticinco años, mas temiendo que estos ensayos, cuya utilidad había penetrado, no fuesen interrumpidos después de su muerte, con la mano helada con que corregía la última obra, trazó en su testamento una cláusula por la cual fundaba un premio para la continuación de sus trabajos; así es como prolongó, más allá del término de una vida consagrada enteramente a las letras, los servicios gloriosos que les había dispensado.

En este discurso no se puede apreciar el mérito de los escritos que han honrado el nombre de Volney: este nombre había sido inscrito en la lista del Senado, y después en la cámara de los pares, a la cual pertenecían todas las ilustraciones.

El filósofo que había visitado las cuatro partes del mundo observando en ellas el estado social, tenía, para ser admitido en este recinto, otros títulos más que su gloria literaria, su vida pública, su presencia en la asamblea constituyente, la franqueza de sus principios, la nobleza de sus sentimientos, la prudencia y la constancia de sus opiniones que le habían hecho estimar entre los hombres firmes con quienes es tan grato encontrarse en la discusión de los intereses políticos.

Aunque ninguno tenía más derecho que él a formar opinión, ninguno se imponía mayor tlerancia con las opiniones contrarias. En las Asambleas del Estado, en las sesiones académicas, el hombre que las esclarecía tanto, votaba según su conciencia que nada podía hacer vacilar; pero el sabio olvidaba su superioridad para escuchar, para contradecir con moderación, y para dudar algunas veces. La extensión y la variedad de sus conocimientos, la fuerza de su razón, la gravedad de sus costumbres y la noble sencillez de su carácter, le habían conquistado en los dos mundos ilustres amigos, y hoy que este vasto saber ha ido a apagarse en la tumba, séanos permitido decir que era del corto número de hombres a quienes ha sido dado vivir para la posteridad.

 

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